La lluvia arreciaba contra la improvisada forja y el viento hacía que las ramas del árbol golpearan contra el techo de esta. El cielo estaba cubierto por oscuras nubes grises que apenas permitían ver el sol, pese a que no hubieran pasado un par de minutos desde el mediodía.
Los golpes resonaban en toda la estancia mientras el martillo daba forma al metal. El sudor perlaba la frente del anciano, los músculos de espalda y brazos estaban tallados en la piedra que era su carne. Golpe, movimiento, golpe, movimiento. Un mantra que el herrero conocía bien desde hacía bastante tiempo.
Miró la hoja plegada miles de veces hasta alcanzar ese estado de perfección y la dejo sobre el yunque. Él era el último por el que pasaba el arma, el mayor de los Maestros Herreros. El que pulió los defectos de los que, a su vez, habían arreglado los defectos del anterior en la forja de la espada.
lunes, 23 de junio de 2008
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